Cuento: Sueño Febril


Hago un pequeño desvío en lo que respecta a la temática de este blog para publicar este cuento que escribí recientemente titulado Sueño Febril. Lo escribí con miras a participar en una convocatoria de cuentos local cuyo tema es el distanciamiento social durante la pandemia; lamentablemente luego de haberlo escrito, veo que las reglas (que aún no están del todo claras para mi) descalifican el cuento por su longitud. Espero que les guste (y piénsenlo como un viaje por el mundo de la imaginación, que es lo mejor que se puede hacer en estos tiempos de pandemia).

SUEÑO FEBRIL

Era sábado.

Igual me levanté temprano, como a eso de las siete, cuando el sol ya empezaba a brillar lo suficiente para dar como inaugurado el nuevo día. No me tocaba trabajar los sábados, pero levantarme y hacer poco era mejor alternativa a quedarme en la cama haciendo nada. 

La rutina era la de siempre: orinar, lavarme las manos por veinte segundos, cepillarme los dientes, lavarme de nuevo las manos (por si acaso, ya saben), bañarme, secarme, descartar la toalla, peinarme, y prepararme algo de desayunar con la televisión prendida. Usualmente la preparación del desayuno consiste en echarle leche a un tazón con cereal, pero hoy era sábado, hoy no tengo que verificar e-mails ni hacer llamadas. Hoy me puedo tomar más tiempo. Sorprenderme a mí mismo para salir de esta modorra.

Las tostadas se me quemaron, y la yema de los huevos fritos se endureció, pero se dejaba comer.

En la televisión mostraban a unos lobos en Minneapolis, andando como si fueran los dueños del mundo por las calles de la ciudad. En Puerto Rico los únicos animales que se veían reclamando territorio por la falta de gente eran los perros y gatos realengos de siempre. Eso sí, lo que comenzó como anarquía canina poco a poco se fue transformando en sociedades tribales, a nivel que nosotros los humanos teníamos que evitar ciertas áreas porque era como meterse en medio de una guerra de gangas. Todavía los gatos no se ponían de acuerdo, no se sabe si porque necesitaban de más tiempo, o simplemente nunca se aguantarían unos a otros. 

Cambié el canal.

“… es el día seiscientos desde que comenzó la cuarentena indefinida. Líderes de los partidos opositores al poder han intuido por las redes sociales que planean reunirse, en desafío a la orden ejecutiva, para tomar acción legal definitiva en contra de lo que ven como un acto despótico por parte del gobierno actual.”

Mostraban a uno de los líderes políticos (no recuerdo ya ni de qué partido), hablando desde su casa, con una vestimenta impecable que en el mundo de cero actividad social en el que vivíamos ya nadie se molesta en usar.

“Nunca se debieron cancelar las elecciones,” decía. “No había ninguna necesidad de tomar medidas tan drásticas, tan obviamente despóticas, cohibiendo a todo un pueblo de ejercer su derecho democrático a tono con nuestra evolución sociopolítica en pleno siglo XXI, escudándose bajo las faldas de la pandemia para perpetuar sus depredaciones partidocráticas. Todavía no han dado un argumento satisfactorio para justificar el retraso en levantar un nuevo andamiaje eleccionario cibernético, que les permita a los ciudadanos escoger quiénes deben ser los líderes del país desde sus propios hogares. Ya nuestro pueblo, para bien o para mal, se ha adaptado a la realidad del distanciamiento social, en especial la empresa privada y su manera efectiva de utilizar las herramientas que nos proveen …”

Cambié el canal.

“… las manifestaciones en París culminaron con cientos de arrestos y docenas de heridos, luego de que la fuerza de choque fuera activada para dispersar la conglomeración ilegal de…”

Apagué la televisión.

No había nada nuevo. Si se hubiese encontrado una cura al maldito virus que nos tenía perpetuamente encerrados no pararían de hablar de eso. Es más, me hubieran llegado las notificaciones al celular, porque todo el mundo se pone a compartir rápido las noticias. Pero bueno, igual tenía que chequear, por si acaso.

A los trastes les doy el mismo tratamiento que a mis manos: al menos veinte segundos de fregado continuo, por si acaso. La manija de la nevera, spray desinfectante. El interruptor de luz de la cocina, spray desinfectante. El mostrador de la cocina, spray desinfectante. El control remoto de la TV, spray desinfectante.

Estuve tentado a sentarme un rato con la laptop y ponerme a ver alguna serie. Tenía muchísimas por ver, a pesar de la cuarentena y de todo el tiempo del que disponía forzosamente. Después de todo, era sábado. Los sábados son mis días de ver series todo el día, en el estado más vegetativo posible. Los sábados son los días en los que aumento por lo menos cinco libras, entre la acumulación de comida chatarra en mis venas y la falta absoluta de ejercicio. Si terminaba mi vida víctima de un ataque al corazón, la mayor probabilidad de que ocurriese era un sábado. Mi día sagrado. Cuando tenía no solo el privilegio, sino el deber de no hacer un carajo, y con ello contribuir a la reducción de la contaminación ambiental, a la reducción del contagio viral, a darle más espacio a los que sí tienen que salir los sábados a riesgo, para poder alimentarse.

Llegué a sentarme frente a la laptop, abrirla, poner la contraseña.

¿Porqué no? Era un acto heroico. Sacrificaba mi salud física y mental por el bien de la sociedad.

Luego la apagué y la cerré.

Si lo vas a hacer, Javier, lo vas a hacer hoy sin falta.

Eso me había dicho a mí mismo cuando abrí los ojos. Cuando me lavaba las manos. Cuando me cepillaba los dientes. Cuando me volví a lavar las manos. Cuando me bañaba. Cuando me secaba. Cuando prendí el televisor. Cuando quemaba las tostadas y jodí los huevos. Y ahora, luego de apagar el televisor, seguro de que la cura no había llegado y el mundo seguía dando vueltas miserablemente en la misma dirección que por los últimos seiscientos días.

Miré al rinconcito al lado de mi cama.

Es que era un paso grande…

Miré al rinconcito en la salita de estar.

Era algo que trastocaría toda mi rutina irreparablemente…

Miré a la columna de periódicos que había acumulado por las últimas tres semanas.

El cambio me aterrorizaba. También lo necesitaba.

Me cambié de ropa, fui por una mascarilla, agarré las llaves del apartamento, y salí con determinación.

Hoy compraría un perro.

***

“¿Nombre?” me preguntó el guardia. El cabrón llevaba dos meses trabajando en mi edificio y todavía no se sabía mi nombre. Él estaba legalmente obligado a pedirme identificación, y si no lo estaba haciendo es porque ya sabía al 100% que era residente, aunque yo tuviera una mascarilla puesta; así que de ahí a aprenderse mi nombre de una maldita vez no era un gran salto, pero parece que tenía las rodillas jodías.

“Javier Peña,” le dije.

“Son las 9:13, Javier,” me dijo.

“Al mediodía,” le dije.

“Exacto. Regresa a las 12:13 a más tardar, pai. Y recuerda que hoy es sábado.”

Los sábados es cuando sale la mayoría de la gente. Aunque casi todo el mundo trabajaba desde la casa, casi nadie salía durante la semana, excepto los retirados que veían todos los días como si fueran sábado.

Mi Über me esperaba en la acera frente al edificio. Era una Ford Explorer blanca, que aunque más cara tenía la ventaja de mayor espacio para el distanciamiento social. Claro, el chofer tenía que desinfectar toda la guagua cada vez que terminaba con un cliente, cosa en la cual yo confiaba sucedía por pura fe, puesto que ellos no lo hacían frente a ti. Lo que sí hacían era abrirte la puerta para que los clientes tocaran lo menos posible. Antes de entrar me echó “hand sanitizer” en las manos, y me saludó con la cabeza (entre menos uno hable, menos partículas en el aire). Me senté en la última fila, lo más lejos posible. Nunca estaba seguro de cómo interpretar lo del “hand sanitizer”: ¿se trataba de una medida extra de seguridad, demostrando la confiabilidad de esa persona? ¿O se trataba de una persona que no se molestaba en desinfectar, y el gesto era únicamente para darte un falso sentido de seguridad?

Me quedé lo más tieso posible en el asiento.

Nos pusimos en marcha. La tienda de mascotas no estaba lejos, unos diez minutos como mucho. Era un día perfecto para la playa, con un sol que picaba, un cielo azul despejado de nubes, y una brisa agradable. Por lo menos había una brisa agradable cuando salí del edificio, ¿porqué no el resto del camino? Había gente en la playa, aquellos que tenían un pase del gobierno para salir ese sábado en particular. Yo no había sacado uno porque no me daba la gana de gastar $100 para que el gobierno decidiera qué días podía salir por más de tres horas. Porque eran ellos los que decidían, por región, por pueblo, por barrios, por calles. Decidían el mínimo de personas por área para que salieran y despejaran sus mentes sin que debieran justificar su salida por la compra de algún artículo de primera necesidad. 

En caso de que se lo estén preguntando, las mascotas son consideradas ahora artículos de primera necesidad. La psiquis general no estaba de buen ánimo, y las mascotas proveían el único medio legal para que muchas personas solas tuvieran compañía y contacto físico. Era el concepto de animales de soporte emocional llevado a las masas. Yo, que por mucho tiempo no podía evitar virar los ojos en señal de disgusto ante las personas que no pudieran andar sin un perro o un gato a todas partes, finalmente claudiqué ante la sorpresiva presión ejercida por mi soledad.

Llegamos. El chofer abrió la puerta, me echó más “hand sanitizer” en las manos, me saludó nuevamente con la cabeza, se montó y se fue. Si se fue a desinfectar la guagua, o a buscar otro cliente tal cual, nunca lo sabré.

***

Ante mí tenía la fila de solitarios más larga del mundo.

Ok, exagero. La fila era de como cuarenta personas. Se supone que hayan seis pies de distancia entre uno y otro, pero la gente tiene tanto miedo ahora que dejan por lo menos diez pies, de modo que entras al estacionamiento del centro comercial y casi enseguida haces fila. Entraban cuatro o cinco a la vez, dependiendo de cuántas personas estuvieran saliendo. El control de la cantidad de personas dentro de cada establecimiento era muy importante para cumplir con la ley. Si agarraban un negocio que no estableciera controles de seguridad, lo cerraban, incautaban todo, y arrestaban a los responsables.

Después de una hora bajo ese sol de playa, finalmente estuve lo suficientemente cerca para escuchar los beeps. Estos provenían de un scanner instalado en la entrada, encima de las puertas automáticas, que te escaneaba en pocos segundos la temperatura corporal e indicaba si tenías fiebre o no. Si no tenías fiebre sonaba un solo beep. Si tenías fiebre, sonaba continuamente para alertar a todo el mundo, y no sólo no te dejaban entrar al establecimiento, sino que te tomaban los datos y te obligaban o a quedarte quince días sin salir de tu casa, o a ir al hospital de acuerdo a los síntomas que presentes. Eso a pesar de que los hospitales están permanentemente sobrecapacidad. También son el lugar perfecto para contraer el virus, si ya no lo tenías.

Uno pensaría que una persona que tenga fiebre, o que crea que tiene fiebre, haría lo sensato y se quedaría en su casa, pero no; de morones hay un suplido inagotable, y siempre están los que desafían a los scanners. También uno se pone tan nervioso cuando está por pasar una de las máquinas, que se siente como si la temperatura te subiera nada más que para joderte el día.

Beep.

Ya estaba a ley de nada para caer en la sombra. Por alguna razón siempre se me olvida ponerme una gorra para salir.

Beep.

Aunque lo peor no era la quemazón de mi cabeza ni el posible futuro cáncer de la piel; era el bigote de sudor que se me formaba dentro de la mascarilla, que le daban a uno ganas de tirarla al zafacón y mandar a todo el mundo al carajo.

Beep.

Por fin la sombra. Ahora a secar disimuladamente el sudor. Tan solo uno más y…

Beepbeepbeepbeepbeepbeep

Por poco se me sale el corazón por la boca. Se trataba del cabrón justo al frente mío. Estaba seguro de haber mantenido mi distancia, pero igual la mente te corre y te pones a pensar hasta si el viento venía en tu dirección y te pegó la fiebre. Porque uno se pone así de pendejo cuando tiene miedo.

“Esa mierda está mal,” dijo el tipo de al frente, “yo me siento bien.”

“Por favor, hágase a un lado,” dijo el guardia de la entrada. “Necesitamos hacerle unas preguntas.”

“Pero bendito sea Dios, ¡si estoy bien!”

“Ciudadano, hágase a un lado de la fila.”

Ese ciudadano tenía un toque fascista que me erizó la piel. Es que la gente normal no habla así. También me di cuenta de que la segunda vez no hubo un “por favor”, fue una orden; pero parece que la fiebre le estaba friendo los sesos porque el hombre no quería entender ni por las buenas ni por las malas. Miré hacia atrás para hacerle un gesto de “este tipo no entiende, mano” al que me seguía en la fila, bien a lo boricua, y ahí me di cuenta de que el próximo había dejado no menos de quince pies de distancia de

Qué cojones, ahora yo también soy un paria.

Para cuando finalmente sacaron al tipo de la fila, mi corazón latía al ritmo de una carrera de cuatrocientos metros con vallas. Allí estaba el scanner, esperando su próxima víctima, con esa mirada fría propia de una máquina sin sentimientos ni escrúpulos, lista para sentenciarme así fuese por un error en la medida, porque si esa hora que estuve bajo el sol me estaba friendo por fuera, por dentro era capaz de estarme cocinando también, y quien me dice que eso no iba a provocar una falsa lectura en el scanner…

Beep.

***

El área de mascotas estaba al final de la tienda, puesto que la gente se tiende a aglomerar frente a las jaulas, incluso en estos tiempos de guardar distancias. Para prevenir que demasiada gente se aglomere hay que hacer, ¿adivinen qué? Otra fila para poder ver los perros y gatos. ¿Y dónde comienza esta fila? Pues casi en la misma entrada.

Fue allí que la vi, la última en la fila, agarrando un carrito de compras con guantes en las manos.

“¿Sofía?”

Se dio la vuelta. No la había visto en persona desde el comienzo de la pandemia; ahora tenía el pelo bien cortito, estaba un poco más flaca y menos morena, probablemente debido al encierro. El arete que siempre llevaba en la nariz brillaba por su ausencia, mientras que la mascarilla que tapaba su boca terminaba resaltando aún más el negro azabache de sus ojos. Sus ojos… tenía mascara alrededor de sus ojos. Hoy en día, con esto de no poder salir a socializar, ya casi ni se veía. El efecto era…

“¡Javier!”

Sus ojos me sonreían. No, me coqueteaban. Era glorioso.

“¡Hey!” dije. No se me ocurría nada más.

“Sorry si no te doy un beso,” me dijo, “es que anda por ahí un virus y, pues, hay que cuidarse.”

“Ah, ¿de verdad?” dije, siguiéndole el juego. “No sabía.”

Lo que realmente no sabía eran las ganas que tenía de besarla, hasta que me dijo que no podía.

“Sí,” dijo ella, “es cosa de locos.”

La fila, que tan larga se me hacía hace unos momentos, ahora era demasiado corta.

“Tanto tiempo,” le dije. “Digo, desde que nos vimos así.”

“¿Cara a cara, pero a seis pies de distancia?”

“¡Jaja! Sí.”

“Desde antes de la pandemia, chico.”

“La última vez,” recordé, “fue cuando fuimos a Bayamón y chocaste el carro, ¿te acuerdas?”

“¿Cómo se me va a olvidar? Si todavía el carro está con el choque.”

“¿En serio? No me habías dicho.”

“Acuérdate que fue poco antes de la cuarentena. No tuve ‘break’ después. Tampoco es un cantazo tan malo.”

“Ah, es claro.”

“Has cambiado,” me dijo. “Ahora estás barbú y pelú.”

“Sí… es que estando encerrado todo el tiempo uno como que se descuida. Aunque tú te ves súper.”

“Gracias.”

“Y diferente también. Me gusta tu recorte.”

“Hace más fácil lavarse la cabeza sin que sea un proceso. Me gusta así, es como que liberador.”

Sentí de momento que me urgía un recorte y una buena afeitada.

“Pero tienes que mantenerte haciendo ejercicios,” continuó ella. “No puedes dejar que la cuarentena te gane. Tampoco puedes decir que ya no tienes tiempo.”

“Tiempo tengo,” dije, “lo que me falta son las ganas, ¡jajaja!”

“Te voy a llamar todas las mañanas,” me dijo ella muy seria. “Voy a obligarte a que hagas ejercicios.”

Nada me haría más feliz.

“Caballero.” Era uno de los empleados de la tienda. “Caballero, debe echarse atrás, por favor. En donde está la línea.”

Estaba a menos de tres pies de Sofía.

“¡Perdón!” dije, “¡Mala mía!”

Me paré detrás de la línea.

“Que regaño,” dije, una vez se fue el empleado.

“Yo tampoco me había dado cuenta que estabas tan cerca,” dijo ella.

Hubo una pausa un poco incómoda. Sofía se aclaró la garganta.

“Qué te vas a comprar,” dije, rompiendo el silencio, “¿un Rottweiler?”

Señalé al carrito.

“No, bobo. Hay que comprarles comida también, y collar, peines, shampoo…”

“Bueno, sí. Oye, y no te vi en la fila. En la de afuera, digo.”

“Entre hace rato.”

“Oh…”

“Sí.”

Otro silencio incómodo. Otra vez Sofía se aclaró la garganta.

“Y tú, ¿qué haces aquí?” preguntó ella. “No me digas que viniste a comprarte un perro.”

“Vine a comprarme un perro.”

“Wao. Wao.”

“¿Qué?”

“Es que… digo, no te sientas mal, Javier, pero es que nunca pensé que tú terminarías comprándote una mascota. ¿O es que lo estás comprando para otra persona?”

“No, es para mí.”

“Oh. Wao.”

“¿Pero porqué tanto wao? ¿Tan increíble es?”

“Un poquito.”

“¿Porqué?”

“Tú eres tan solitario… bueno, claro, es que hasta el más solitario se tiene que volver loco con esta cuarentena, chico.”

“Y tú, Sofía, ¿estás viviendo sola?”

Fue de sopetón. Sonó más indiscreto de lo que pretendía, pero por lo menos tenía la excusa.

“Estoy viviendo con mis papás y mi hermano,” dijo.

Yes!

“Ah. El perro es para la familia entonces. O el gato. O el pez. ¿Qué es lo que vas a comprar?”

“Un perro,” dijo ella. “No me gustan los gatos. Y comprarse un pez es como comprarse una pintura que hay que alimentar. Nunca le he visto el ‘fun’ a tener peces. Aparte que el que haga esta fila para comprase un pez es bien pendejo.”

Había olvidado lo directa que Sofía podía ser. Lo dijo lo suficientemente alto como para que si había alguien haciendo fila para comprarse un pez, lo escuchara de seguro.

“Baja la voz, nena.”

“Es que es verdad. Mejor ponerle un ‘screensaver’ acuático a la computadora y ya. Mira ni que hacer esta fila para unos peces.”

Ya estábamos a la vista de las jaulas. Habían dos o tres empleados regulando el movimiento de gente, asegurándose de que nadie se quedase demasiado tiempo jugando con los cachorritos y perdiendo el tiempo.

“¿Qué perro te vas a comprar?” le pregunté.

“No sé todavía,” dijo ella. “No vine con eso en mente.”

Embuste. Tiene que haberse pasado toda la noche mirando perros por internet.

“¿Y para qué quieren un perro en tu familia?”

“Mi mamá quiere tener algo que pueda añoñar.”

Suena bastante lógico.

“¿A ti no te interesa?” pregunté.

Se quedó callada. Supe que era algo serio por la manera en que la luz de sus ojos se atenuó. 

“¿Sofía?”

“No me llama mucho la atención.”

Su tono implicaba que le incomodaba hablar sobre eso, aunque no podía imaginarme porqué. Solo se trataba de un perro. 

“¿Viste que hoy es el día seiscientos de la cuarentena?” dije, buscando cambiar el tema.

“¿Seiscientos?” dijo ella. “Parece el día un millón.”

Hice un cálculo rápido. Un millón de días son como tres mil años.

“Más o menos,” dije. 

“Si es por ellos, esto nunca termina,” dijo Sofía.

“¿El gobierno? Ellos también se afectan.”

“No como nosotros. Ahora con lo del pase, ellos se los reparten y pueden andar por ahí disfrutando de su libertad, mientras nos coartan la nuestra. Puedes estar seguro de que sus pases no son por un solo día cada dos semanas.”

“Puede ser,” dije, “pero no he visto nada sobre eso en las noticias. O sea, alguien los hubiera pillado a estas alturas.”

“Javier, ¿cómo los van a pillar si los demás solo pueden salir una vez cada dos semanas? ¿De qué forma van a saber?”

“Siempre habrá el que hable por ahí que vio a tal o cual legislador, y después sale otro ‘adióh, pero si yo también lo vi cuando salí’, y lo comentan por las redes. O las personas que salen por los productos de primera necesidad más seguido…”

“A los que abusan de eso los reportan,” dijo Sofía.

Había olvidado ese detalle. Yo como apenas quería salir no me preocupaba, pero había personas que todos los días que podían legalmente salir, salían, hasta que los empezaron a reportar los “checkpoints” y se les acabó el guiso.

“Pero la cosa es que hay maneras,” insistí.

“Y ellos también tienen maneras. Pueden violar los toques de queda cuando les venga en gana, y mientras tanto nos siguen imponiendo más leyes opresoras con la excusa de la pandemia. ¡Ah! y ni se les ocurra manifestarse en masa. ¡Legalmente prohibido!”

“¡Eso es así!” dijo la señora que estaba atrás de mí. “¡Son unos tráfalas!”

Ya empezaron a meterse en la conversación. ¿Quién me habrá mandado a cambiar el tema a esto?

“Supuestamente cogieron a Luchito en esas que dice la muchacha,” dijo el señor de al frente de Sofía.

No tenía ni puta idea de quien era Luchito. ¿Político? ¿Reggaetonero? ¿Farandulero? Por suerte en ese momento le tocó el turno al señor de ver el perro que quería comprar y no pudo abundar sobre Luchito.

“¡Es que te digo que son unos tráfalas! Yo escuché lo de Luchito también. Un sinvergüenza es lo que es.”

Señora, cállese.

“Siguiente,” dijo el empleado.

Sofía fue a escoger su próxima mascota familiar, dejándome a mí a cargo de escuchar las sandeces de la señora. Eso me obligaba a mirar en su dirección, por aquello de no ser irrespetuoso, pero de vez en cuando miraba hacia donde Sofía; estaba en cuclillas frente a la jaula de unos perritos labradores muy lindos, de esos que salen en las tarjetas de San Valentín, como seis o siete todos peleándose por lamerle las manos. Me preocupaba que ella estaba tocando la jaula a pesar de que no desinfectaban cada vez que pasaba alguien. Por lo menos Sofía se veía contenta, sin ningún vestigio de que no le interesase tener un perro. Me pregunté el porqué se había puesto tan seria orita.

“… y el muy cabrón encima andaba con la chilla, tras que andaba rompiendo el toque de queda, ¿tú puedes creer eso?”

La señora seguía hablando.

“Próximo,” dijo el empleado.

“Disculpe,” le dije a la señora, y me fui a escoger a mi perro. No veía a Sofía por ninguna parte. La había perdido de vista bastante rápido; supuse que debía de estar llenando el carrito con productos para el perro.

Me decidí por uno de los labradores. Ahora estaba más interesado en volverme a encontrar con Sofía que en el perro, aunque la verdad que los labradores se veían bien bonitos. El empleado agarró uno y me lo entregó, rompiendo obligatoriamente el mínimo de seis pies, pero no había de otra que no fuese lanzándome al perro.

“Javier.”

Allí estaba ella, comprando comida para “puppies” en uno de los estantes contiguos. Me detuve a seis pies de distancia.

“¿Te fuiste con un labrador?” me preguntó.

“Sí,” le dije. “Son bien bonitos, ¿no?”

“Y también van a crecer mucho. ¿Tú no vives en un apartamento?”

Shit.

“Sí, pero… cabe. Tú también te llevaste uno.”

“Vivo en una casa con terreno.”

Shit.

“Diache, pues, sería hacer la fila otra vez…”

“¿Estás loco, Javier? Mira, quédate con él, y si se vuelve un problema después, yo me quedo con él en casa. A mami no le va a molestar tener otro, al contrario.”

“¿Segura?”

“Sí. Oye, y tras que agarras un perro grande no tienes carrito para lo que necesitas.”

Le sonreí con inocencia angelical. “¿Podrías…?”

“Voy a agarrar dos de cada cosa. Nos dividimos la compra.”

“Gracias. Te envío lo que te deba por ATH Móvil.”

“Ok.”

“Déjame ir buscando un Über para regresar.”

Saqué el teléfono.

“No,” dijo Sofía.

“¿Cómo?”

“Te vas conmigo.”

Mi corazón empezó a latir con el mismo entusiasmo que cuando estaba a punto de ser escaneado por el termómetro de la tienda.

“No, chica, tranquila. Yo no vivo tan lejos.”

“Mejor,” dijo ella. “Yo te llevo. Se acabó la discusión.”

No es que no quisiera montarme en un carro con ella y seguirlo hasta el infinito. Es que… bueno, es que… ¿la última vez que me monté con otra persona, un conocido? Fue con la misma Sofía, la vez del accidente. Ha pasado tiempo. El mundo ha cambiado. No sé si esté preparado para ese nivel de intimidad en un vehículo, en donde no me pueda montar atrás, lejos, ni ignorar a la persona, tratando en lo más posible de reducir la posibilidad de contagio reduciendo el número de partículas en el aire.

Ahí fue cuando Sofía tosió.

Les juro que toda la tienda se detuvo por un instante. Fue una reacción involuntaria masiva. Yo me quedé mirando a Sofía, entre avergonzado por ella – como si hubiese hecho algo malo – y esperando por la reacción de la gente. Par de segundos después, todo volvía a la normalidad, excepto por mí.

Ella siguió llenando el carrito sin darse por aludida. Puede ser que yo estuviese sacando las cosas de proporción, porque cuando empieza a correr mi mente no para. Sigo dándole casco al asunto e imaginándome cada vez peores escenarios, y si es de noche me puedo ir olvidando de dormir bien.

Me empezó a dar piquiña en la garganta. Siempre pasa cuando uno no quiere hacer algo, que en ese preciso instante el cuerpo te dice “hazlo, hazlo, hazlo, hazlo, hazlo” y entre más te niegas más ganas te dan. No me iba a pasar nada si tosía, claro. Nada legal quiero decir. Toser es lo más normal del mundo. También puede ser señal de alguna enfermedad que poco a poco se abre paso. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta? Imposible. Casi tan grave como toser es aclararse la garganta, porque el que se aclare la garganta es que iba a toser.

Traté de no aclararme la garganta.

Salimos juntos de la tienda. Con todo y la distancia entre los dos, sentía que les estábamos dando de qué hablar a la gente, y eso me hizo sentir viejo, como si fuera de la época en que agarrarse de manos fuera un escándalo. También sentía que nos estaban mirando por la leve tos de Sofía.

“Mi carro está allí,” dijo ella, desconectando la alarma.

Titubeé un poco en la puerta.

“No seas bobo, Javier. No nos van a parar por andar juntos. Y el carro está bien desinfectado, tranquilo.”

Igual necesitaba un plan. “Ok, ¿y si sí nos paran? ¿Qué les decimos?”

“Que somos hermanos.”

Era una buena idea. Lo que no me gustaba era que ella me viese de esa forma. ¿Su hermano? Tampoco me gustó lo rápido que se le ocurrió.

“Acaba y móntate, Javier. El perrito está desesperado, ¿no lo ves?”

Me monté.

Sofía sacó un “hand sanitizer” y me echó alcohol en las manos, luego se echó en las de ellas, como pasó con Über. Hasta ahora todo bien, aunque poco faltó para que mi perro se bebiera todo el alcohol a lengüetazos.

“Tranquilo,” me dijo, “puedes tocar las cosas sin miedo,. Siempre desinfecto todo el carro antes de salir.”

“Ok.”

“Estás bien trinco, Javier.”

“Hace tiempo no me montaba en un carro.”

“¿No que usas mucho Über?”

“Sí, pero ahí me siento atrás siempre.”

“Ah, te gusta tener un falso sentido de seguridad.”

Le iba a discutir por instinto, pero tenía razón.

“Puede ser,” dije.

Sofía puso el carro en marcha.

“Javier, relájate. Sigues trinco. ¿O es que te pongo nervioso?”

“No.”

“Ya te dije que el carro está desinfectado. ¿No me crees?”

“Te creo.”

“¿Es porque tosí?”

Me agarró desprevenido ahí. No pude responder de inmediato.

“Puede ser que tenga el virus,” dijo. 

“¿QUÉ?”

“¡Jajajaja, es broma! Ay señor, ¿en verdad que eso te puso nervioso? Desde que tosí estás como que cagao.”

“La cosa está fea,” me defendí. “Hablaste de opresión del gobierno, y esa opresión es todavía peor si tan siquiera sospechan que estás enfermo. No me quiero arriesgar, es todo.”

Lo único que quería era llegar al apartamento. Se me había ido la Sofíaitis.

“Ok, perdona.”

Estaba seria de nuevo. Por mi culpa, lo sé, pero en estos días uno está que prende de medio maniguetazo, como dicen por ahí. No sabía qué decir, así que me puse a acariciar al perro, que no paraba de mover la cola feliz con su aparente libertad. El pobre no se imaginaba que pasaba de un encierro a otro. 

“¿Cómo le vas a poner?” me preguntó Sofía una vez estábamos en la carretera.

“¿Al perro?”

“No, a mi carro. Claro que al perro.”

“No sé.” La verdad no sabía. En todo este tiempo había estado pensando en Sofía y solo en Sofía. “Firulais.”

“No seas charro, Javier.”

“Pues no sé. ¿Cómo le vas a poner al tuyo?”

“Carón.”

“¿What?”

“Por Caronte.”

Me quedé igual.

“El barquero del Hades,” dijo ella.

Sofía estudiaba Humanidades, compréndanla.

“¿El que llevaba los muertos al infierno?” dije. Me sentí exageradamente orgulloso de no haber usado Wikipedia para eso.

“Al infierno de los griegos, sí. Por una moneda los pasaba de un lado a otro del río.”

“Diablos, ¿y no se te ocurrió un nombre más deprimente?”

Se volvió a quedar callada por unos momentos. 

“Es que así me siento, Javier,” dijo por fin. “Que vivo en un mundo frío, sin esperanza.”

Diablos.

“Perdona que te pregunte, pero… ¿tienes problemas en tu casa?”

“No,” dijo ella. “No, mi familia es un amor. O sea, dentro de las circunstancias. Por supuesto que la pasamos mal, como todos los demás. Pero no son ellos. Es… esto. Todo.”

“Las cosas van a mejorar, Sofía. Esto no va a quedarse así para toda la vida.”

“Eso lo vienen diciendo desde que empezó. Ahora ya no es una crisis, es un estilo de vida. Y yo no puedo vivir así.”

Anda pa’l carajo, no me digas que se va a matar.

“Vuelvo y repito,” dije, “esto no va a quedarse así toda la vida. Estoy seguro que durante las guerras mundiales la gente sentía que estaba en un infierno eterno.”

“Javier, eso no es muy alentador.”

“El punto es que los seres humanos han pasado por cosas mucho peores, y siempre para las personas que viven esas cosas parece como si fuera el fin del mundo.”

“No creo que sea el fin del mundo.”

Respiré aliviado. No se iba a matar.

“Ok. Es que dijiste que no podías vivir así.”

“Bueno, ¿tú puedes vivir así, en esta soledad continua?”

“No es que pueda vivir así,” dije, “es que no hay remedio. Hay que ajustarse los pantalones hasta que pase lo peor.”

“¿Tú crees que alguna vez pase lo peor? Ya va mucho tiempo, mano. Yo creo que tienen la vacuna desde hace rato, y no la sacan porque se han dado cuenta que nos pueden controlar mejor así.”

“Sofía, no me vengas otra vez con teorías de conspiración.”

“¿Es o no es verdad?” dijo ella, no dando su brazo a torcer. “¿Cuántos gobiernos democráticos no han suspendido sus elecciones con la excusa de la pandemia? No somos nosotros nada más.”

No dije nada. La verdad es que pensaba lo mismo, pero sin pruebas definitivas era solo especular. Peor aún, no había nada que pudiera hacer, aún si fuese cierto; en la historia de mi vida no soy el héroe del mundo, soy una de las víctimas resignadas que necesita rescate.

Estuvimos uno o dos minutos sin decir palabra, aunque parecieron diez. El silencio incómodo tiene el extraño efecto de estirar el tiempo.

“Ya estoy cansada de esta soledad, Javier. Estoy con mi familia, pero… no es lo mismo.”

La miré. 

“Yo también,” dije. Iba a añadir que para eso compramos los perros, pero tuve la corazonada de que no era el momento indicado para aliviar la tensión con un chiste malo.

“Ya no quiero sentirme sola.”

Le temblaba la voz.

“Papi y mami… cada cual está por su lado. Tienen miedo de contagiarse, o contagiarnos. Mi hermano vive en su mundo. Y la rutina es la misma siempre. Cada vez… cada vez es como si las paredes de la casa se fueran juntando poco a poco, reduciendo el espacio. Cada día que pasa me siento más asfixiada. Quiero volver a salir, a hablar normalmente con otras personas, a janguear con los panas, a que mi familia se comporte como una familia. Quiero vivir, y esto no es vivir, esto es seguir vivos nada más.”

“Todos queremos eso,” dije. Fue senda mierda de respuesta, pero después de ese discurso cualquier cosa que dijera sería una mierda en comparación.

Volví a mirar hacia al frente. Ella no le quitaba la vista a la carretera pero podía sentir cómo estaba examinándome detenidamente.

“Javier…”

“¿Sí?”

“¿Puedo subir contigo al apartamento?”

Me corrió un frío por la espalda.

Quería que subiera conmigo. Sí, la Sofíaitis me volvió a dar duro, lo admito.

¿Y si estaba enferma realmente? Quizás ella pensaba que no me daría cuenta, porque lo hizo bien disimuladamente, pero par de veces en el camino la podía escuchar aclarándose la garganta.

¿Estaba dispuesto a arriesgarme por estar con ella?

¿Y si estaba mal interpretando lo que ella quería? ¿Y si sólo buscaba compañía, poder hablar de tú a tú con otro ser humano?

Pero eso lo podía hacer en el carro también, Javier. Era cuestión de seguir guiando por un rato, hablando inocentemente. Si quería ir al apartamento tenía otra cosa en mente. Tenía que ser. ¿Tendría ella un pase del gobierno? ¿O iba a desafiar el límite regular permitido? Ella tuvo que haber salido más o menos a la misma hora que yo.

Miré la hora. 

11:34 de la mañana.

No, esa no era la hora. 

Era la hora de no ser un mamalón, Javier.

“Quiero que subas conmigo,” dije. Me sentí como Brad Pitt diciéndolo.

“¿De verdad?”

“Pero no tengo ni puta idea de cómo pasarte por el guardia.”

Mamalón.

¡Era verdad! Ese cabrón apenas me conocía a mí, a ella no la dejaría pasar.

También era una buena excusa.

Porque soy un cobarde.

“Ok,” dijo Sofía.

De haber habido una persona de Guinness con nosotros como testigo, ese “ok” entraba en los récords como poseedor del tono más decepcionado de la historia. No decepcionado de que ella no pudiera subir conmigo al apartamento. Decepcionado de mí. Por mamalón.

En esos momentos llegamos a mi edificio. En vez de pararse frente a frente a la entrada para dejarme salir con el perro y la bolsa, Sofía estacionó el carro en la acera contigua.

“¿Me tienes miedo?” dijo ella. 

Admito que el tajo que infligió en mi hombría fue profundo.

“No,” dije.

Se bajó la mascarilla, secándose con la mano el sudor que se había acumulado alrededor de su boca. Para demostrar que lo que yo decía era cierto, hice lo mismo.

“Hace par de años,” me dijo, “lo hubiera dejado ahí. Te bajabas aquí, yo lo seguía para mi casa, y los dos como buenos pendejos no haríamos nada, ni diríamos nada. Pero como están las cosas no estoy para pendejerías. Te voy a hablar claro, y a cambio te pido por favor que me hables claro. ¿Porqué no quieres que suba contigo? Yo creo que te gusto, y tú me gustas. ¿Cuál es el problema, el virus?”

Háblale claro, Javier.

No, espera. Si le hablas claro va a pensar que eres un debilucho que no lucha por lo suyo.

“El virus no me importa,” le dije.

“¿Entonces?”

“No pensaba quedarme callado como un pendejo e ignorar esto, como dijiste.” Eso no está nada mal, Javier, sigue. “Lo que necesito es pensar en cómo nos podemos juntar sin buscarnos problemas. Lo más que hay es tiempo, ¿no? Es mejor que hacer las cosas a lo loco. Tú me conoces.”

Coño, eso sonó hasta cierto. Casi me convenzo a mí mismo.

Sofía se me quedó mirando, probablemente evaluando si estaba diciendo la verdad o no, porque de que lo que dije tiene lógica, la tiene. Air tight.

Entonces se me abalanzó. No, esa no es la mejor palabra para describirlo… se me echó encima de momento a darme un beso. Lo hizo con tal velocidad que por puro reflejo me eché hacia atrás, pero logré contenerme justo a tiempo para no quedar como un hablador. La besé en los labios, y ese beso supo a gloria.

Se separó un poco de mí, me miró a los ojos, se sonrió, y volvió a besarme; esta vez con más pasión, empujando mi cabeza hacia ella con su mano.

Su mano estaba bien caliente.

Sus labios estaban bien calientes.

Su cara estaba bien caliente.

No era fiebre.

Mi lengua encontró la suya. Caliente también. O a lo mejor me lo estaba imaginando.

Que se joda.

No era fiebre.

Era pasión. Era ese fuego abrasador que ambos llevábamos dentro, esperando este momento, presto para salir violentamente. Eran años de no hacer nada, de darnos cuenta que el mundo no esperaría por nosotros; teníamos que aprovechar las oportunidades que se nos pusieran de frente, agarrar el toro por los cuernos, porque más vale un hoy que dos mañanas, como dicen.

La besé, la abracé, y si no es por los perros pretendiendo unirse a la fiesta, no sé hasta dónde hubiéramos llegado allí, en plena calle bajo el sol del mediodía.

“Más vale que se te ocurra algo,” me dijo, jadeando. “Porque hasta ese momento no voy a poder pensar en otra cosa.”

“Yo tampoco.”

“Pues vas a tener, o lo que pudimos haber hecho se va a quedar en tu imaginación, Javier.”

Sofía estaba que ardía, su cara colorada, sus ojos que echaban chispas.

No era fiebre.

Era pasión.

La misma pasión que estaba amenazando con consumirme allí mismo.

***

“¿Nombre?”

“Brother, ¿en serio?”

“Mala mía,” me dijo el guardia, “yo soy bien malo con los nombres. ¿Javier?”

“Sí,”

Agradecí que mi edificio no tuviera uno de los scanners de temperatura, porque si lo llega a tener me hubieran mandado para el hospital en ambulancia. Sentía que ardía hasta mi alma.

“Sobre el perro…”

“Ya hablé con Luis,” le dije, refiriéndome al dueño del edificio. “Me dijo que no había problemas.”

Firulais ladró, confirmando mi información.

“Ok. Tenía que preguntar. Puedes pasar.”

“Gracias.”

Le pasé por el lado con el perro y las compras a cuestas.

“¿Todo bien, Javier?”

¿Todo bien? ¿De cuándo acá este hombre me da conversación así?

“Si necesitas un tiempito con la jeva…”

Me viré hacia él.

“Yo siempre estoy aquí los sábados y domingos…”

El cabrón nos vio.

“Las cosas no están fáciles,” me dijo, “y esto no es vida, mi hermano. Si necesitas que mire para el lado…”

Le sonreí. “Ok, gracias brother.”

Sentía que mi boca estaba por estallar en llamas. Era el primer contacto físico real con una persona que tenía en dos años.

Fiebre no podía ser. No tan rápido.

Sentía que mi boca estaba por estallar en llamas. Era el primer contacto físico real con una persona que tenía en dos años.

Fiebre no podía ser. No tan rápido; pero uno se pone así de pendejo cuando tiene miedo.

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